Aún conserva uno de los ojos verdes de piedra desde los que
observa lo que pasa por debajo de su cabeza, ya que nunca pudo moverla, él está
ahí en la esquina sobre la farmacia, de vez en cuando, cuando todavía tenía todos
los dedos de las patas delanteras podía mirar enfrente, al teatro del que
salían por la noche las hermosas mujeres con sus vestidos largos y los hombres
con sus sombreros, bastones y bufandas blancas.
Él sigue ahí, le da el viento del norte que viene desde la
calle principal y alguna que otra vez, la brisa marina que viene del sur, de la
calle que daba al mar, ahora cada vez le duele un poco más la cabeza y las
articulaciones por esa humedad que nunca le deja y que le golpea
insistentemente detrás de uno de sus cuernos cuando la lluvia es fina pero
intensa. Cree que nunca se acostumbrará a ello y desea que viniese una tormenta
de esas que había al principio para que le arranque de la pared y caiga
violentamente contra el suelo para hacerse pedazos. Si, prefiere eso a seguir
desgastándose así y notar que le faltan más uñas y todas las escamas de su
cuerpo; ahora el viento se le mete por entre los agujeros que se han abierto en
su cuerpo de piedra y le hacen cosquillas, pero como ha perdido muchos de los
dientes que sobresalían de su boca abierta, no puede ni reírse.
Antes, recuerda, los niños se quedaban bajo él con la boca
abierta y le miraban imaginándose historias que él ya había vivido, como la de
la vez que entró en el fondo del mar y encontró un pequeño tesoro hundido que
luego recuperaron los piratas, o como esa vez que despertó al lado de una
tortuga que nunca antes había visto y que se desvaneció entre sus manos nada
más abrir los ojos para dejarle una concha que aún está pegada a la pared, eso
es lo único que le molestaría, perder los recuerdos que jalonan su pared, sus
tesoros de los que se apropiaron cuando entró en el sueño de Iván.
Desde que ella se fue él sabe que nada volverá a ser como
antes, nada excepto la sonrisa de esa mujer que acompaña a su marido y sube por
la avenida, le mira y le muestra todos los dientes blancos en su hermosa cara
negra.
Una preciosidad de prólogo literario...quiero más.
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